Otro mal que se suma a la corrupción es la impunidad

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Otro mal que se suma a la corrupción es la falta de una sanción social y legal a ese modo de proceder.

Homilía de la Misa radial (26. 07. 20)

 

 

Como todos los domingos, el contenido de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar es muy rico. Cada lectura es verdaderamente preciosa y llena de luz para nuestros corazones, para nuestra vida concreta, la de cada día y de cada momento.

En el texto del libro de los Reyes, que ha sido proclamado en primer lugar, escuchamos la oración del joven rey Salomón. Una plegaria muy hermosa y que expresa una enorme humildad.

Salomón sabe y reconoce que ha llegado a ser rey por un don gratuito de Dios, siendo que él es apenas “un muchacho”, un joven relativamente inexperto. La humildad es la verdad, decía santa Teresa de Jesús. Aquí el rey reconoce a fondo su verdad y desde ella eleva su petición.

La súplica de Salomón tiene por objeto pedir a Dios la sabiduría necesaria para gobernar. La sabiduría es mucho más que la simple inteligencia, supone una mirada integral de la realidad, atiende al conjunto de las cosas y va unida también a la ecuanimidad para juzgar, tarea importantísima para los reyes en el antiguo Israel, que debían ser los garantes de la justicia.

En el salmo responsorial, el autor inspirado despliega una hermosa alabanza a la ley de Dios, fuente de sabiduría para el que la acepta y la asume como guía e inspiración de sus actos.

La segunda lectura, tomada de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma, es una exposición breve y muy rica de la Providencia salvadora de Dios.

El evangelio, por su parte, nos presenta tres parábolas. Dos de ellas muy breves: la del tesoro oculto en el campo y la de la perla preciosa que un comerciante encuentra. La tercera, la de la red que los pescadores echan en el mar es, quizás, la más importante y guarda relación con la del trigo y la cizaña que meditábamos el domingo pasado.

En la red se recogen toda clase de peces, buenos y malos. La red es símbolo de la predicación evangélica y de la acción apostólica. La salvación, en efecto, se ofrece a todas las personas, sin distinción alguna.

La selección, el discernimiento de lo recogido, se realiza después, en la orilla. Los pescados buenos se colocan en canastas y los que no sirven se tiran. Este discernimiento, esta selección es una imagen del juicio final, en donde se dará la separación definitiva de los malos y los justos.

Los malos serán arrojados al horno ardiente. La cizaña, recordemos, atada en manojos, se la arrojará al fuego. El horno ardiente, el fuego, son símbolos de la pérdida definitiva de la amistad con Dios, de la comunión con Él; es la frustración de la obra salvadora y de la existencia personal de cada uno.

La invitación que propone este texto evangélico, es la de llegar a ser sabios y prudentes como el joven Salomón, podríamos decir a ser como un buen pescado que se coloca en las canastas, a ser como el trigo que se guarda en los graneros. ¡Acojamos de buena gana esta invitación!

El domingo pasado decíamos, a propósito de la parábola del trigo y la cizaña, que la corrupción impulsa a llamar bien al mal y mal al bien y que alienta a obrar desde esa confusión, desde esa mentira. Decíamos también que la corrupción es un mal y que perjudica a todos, especialmente a los más débiles y a los pobres.

Hoy, desde aquella parábola y la de la red y los peces, queremos señalar otro mal que se suma a la corrupción es la falta de una sanción social y legal a ese modo de proceder. Es lo que socialmente denominamos “impunidad”. La falta de esa sanción y de la debida reparación termina privilegiando siempre a los fuertes y prepotentes. En la Biblia, especialmente en los salmos, podemos ver el reclamo de las personas de bien frente al avasallamiento de los poderosos, junto a la indiferencia de muchos o, incluso, a su complicidad.

Hemos dicho en repetidas oportunidades, y seguramente lo seguiremos diciendo, que Dios es bondadoso y compasivo, que tiene una inmensa paciencia, y que siempre está dispuesto a perdonar. El Papa Francisco, por su parte, nos recuerda y enseña que el nombre de Dios es: “misericordia”

Pero la misericordia divina no implica, de ningún modo, que “todo da lo mismo en nuestro proceder, total… Dios perdona”. Para acceder a la misericordia de Dios se necesita -más aún, es absolutamente indispensable- la conversión personal, es decir, el arrepentimiento sincero, la desaprobación del mal obrado, y el propósito de un cambio efectivo de conducta, con la justa reparación, aunque sea en el límite de la existencia sobre esta tierra, como sucedió en el caso del “buen” ladrón, al lado de la cruz de Jesús (cf. Lc 23, 42-43).

Hay que tener presente, sin embargo, que quien está instalado en la corrupción, va a experimentar seguramente una enorme dificultad para concebir en su corazón esa actitud de sincera conversión, aunque siempre es posible. Basta querer y disponerse a recibir la ayuda que Dios no niega a quien se la pide. Y es que la corrupción es un obstáculo enorme para quien está enredado en ella. No es lo mismo ser pecador que ser corrupto. El pecador tiene más posibilidades de arrepentirse. El corrupto debe empeñarse muchísimo para lograrlo.

De todas maneras, al final, la separación entre el bien y el mal, es inexorable. Una palabra clara e ineludible del evangelio es que el mal, de ninguna forma, tendrá la última palabra.

En la vida social es propicio que esté presente la misericordia, pero ello no debe dar pie a pensar que da lo mismo tener cualquier comportamiento. La misericordia, ya lo señalamos, no es igual a un “todo da lo mismo”.

La actitud de pensar de que “todo da lo mismo” y de proceder en consonancia, encierra, además, una gran injusticia porque atenta contra el bien común; el bien común que permite y debe promover que todos, y cada uno, puedan desarrollar adecuadamente su vida y sus proyectos.

En la realización y vigencia de la justicia en la vida en sociedad también debe estar presente la misericordia, pero lo que se espera de la justicia, que es la responsable de aplicar la sanción legal a la corrupción, es que ella sea diligente, independiente, insobornable, y, valga la redundancia, que sea justa. Una justicia excesivamente lenta, que sea parcial, sesgada, no será justa, lo cual es una verdadera y penosa contradicción. La justicia, en efecto, debe dar tranquilidad y seguridad a la sociedad toda.

Las parábolas del tesoro y de la perla, por su parte, nos invitan a mirar lo que es bueno, lo que realmente vale la pena y a enamorarnos de ello, a apostar decididamente por la bondad. ¡No hay que tener miedo a ser buenos, diría el Papa Francisco!

El tesoro en el campo es una figura de la gracia, que es reconciliación y amistad con Dios y que es asimismo capacidad y disposición para una relación armoniosa con los demás, lo cual conduce a una vida verdaderamente digna y plena.

La parábola insinúa que uno se encuentra con ese tesoro gratuitamente, antes de realizar cualquier esfuerzo, y que es preciso reconocer, valorar, apreciar ese don y apostar todo por él. Por eso el hombre que lo encuentra, “lleno de alegría vende todo lo que posee y compra el campo”. No le da pena deshacerse de todo para tener ese precioso bien.

La de la perla de gran valor, por su parte, tiene un mensaje semejante, solo que aquí es importante la actitud de búsqueda del negociante. El reino sigue siendo una gracia, se la encuentra, pero la búsqueda, que también es una gracia, ha contribuido al encuentro. También el agraciado con ese hallazgo, “fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

La parábola del tesoro y la de la perla representan lo que la Providencia salvadora de Dios prepara para todos y ofrece con generosidad. Es una invitación a elegir y a perseverar en esa elección. Acojamos con alegría esta invitación.

Elegir esa invitación y perseverar en ella es posible porque Dios, en su misericordia, nos capacita para ello. Es la enseñanza del apóstol san Pablo en el pasaje de su carta a los romanos, que ha sido proclamado en la segunda lectura. Dios desde siempre nos ha destinado a ser sus hijos, nos ha llamado, nos ha justificado, y nos ha dado la prenda de la participación en su gloria.

Es lo que sucedió en nuestro bautismo y que debemos conservar con nuestro esfuerzo y fidelidad a través de una respuesta generosa a la obra de Dios en nosotros, que siempre nos “primerea” con su gracia ofrecida con abundancia.

Hoy también es la memoria litúrgica de los santos Joaquín y Ana, los padres de la Santísima Virgen María y los abuelos de Jesús. Recordamos con cariño a todos los abuelos y rezamos por ellos. También ellos pueden enseñarnos a elegir siempre la bondad y a mostrarnos que en la vida, realmente vale la pena ser buenos.

Celebramos esta Eucaristía dominical en la parroquia que honra a santa Inés, mártir a comienzos del siglo IV, a los doce o trece años de edad. Como señala san Ambrosio en uno de sus escritos: cuando las niñas, sus contemporáneas, todavía estaban jugando, esta jovencita no dudó en ofrecer su vida como testimonio de su adhesión a Jesús. Una adhesión que ella consideró como su tesoro escondido y su perla preciosa.

Como santa Inés, elijamos decididamente a Jesús, abracemos sinceramente su enseñanza y pongámosla en práctica. Que Jesús sea, también para nosotros, nuestro tesoro y nuestra perla preciosa.

Miremos, por fin, confiadamente a María Santísima, la Reina de los mártires, que escuchó, guardó y meditó la Palabra de Dios y desde su corazón, lleno de sabiduría, eligió y perseveró y en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Hagamos nosotros también otro tanto. Que así sea.

+ Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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