Homilía de Mons. Ñáñez en la Fiesta de nuestra Patrona

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Homilía en la fiesta de la Santísima Virgen (04. 10. 20)

 

Queridos hermanos:

La celebración en honor de Nuestra Señora del Rosario del Milagro, Patrona de la Arquidiócesis de Córdoba, tiene este año una característica del todo especial como consecuencia de la pandemia del coronavirus y del distanciamiento social consecuente. La realizamos en la Basílica de Santo Domingo, lugar en donde se venera, la imagen histórica que nos acompaña desde el año 1592.

En el día de ayer hemos realizado, con la imagen peregrina, un recorrido por avenidas principales de nuestra ciudad, de norte a sur y de oeste a este, pasando y deteniéndonos un momento en el Hospital “Córdoba” para rezar por los enfermos, por el personal sanitario y sus colaboradores y para encomendar a la misericordia de Dios a los fallecidos como consecuencia de la pandemia.

Queremos pedir hoy por el fin de este flagelo que tanto hace sufrir, aquí en nuestra Patria y en todo el mundo. Queremos pedir también por el fin de los incendios en nuestras sierras y por los bomberos que generosa y esforzadamente han combatido y combaten el fuego. Como en otras oportunidades, pedimos a nuestra Patrona el beneficio de la lluvia.

En esta ocasión, frente a las adversidades que nos aquejan, acudimos a la Palabra de Dios buscando luz e inspiración para estos momentos. Viene en seguida a la memoria la dolorosa experiencia del antiguo pueblo judío en su exilio en Babilonia. El pueblo elegido quedó privado de todo lo que era su orgullo y su fuente de seguridad: su tierra, sus bienes, sus instituciones; todo, en definitiva. Pero en esas dramáticas circunstancias se reencontró con lo fundamental: su fe en el Dios único, que muchas veces había descuidado yendo tras otras realidades que aparentemente le daban seguridad y satisfacción.

También la pandemia puede ser una oportunidad para redescubrir cosas fundamentales: la importancia de la fe y de la confianza en Dios; el valor inmenso de la vida, desde su concepción hasta su fin natural, “vale toda vida”; la necesidad de dar y de recibir afecto y de poder expresarlo libremente; la relatividad de la posesión de muchas cosas que no brindan seguridad ni satisfacción. Sobre todo, redescubrir que, aunque limitados y vulnerables, podemos confiar en Dios que nos sostiene con su poder y que nos invita a vivir con sentido y trascendencia nuestra vida.

Otra escena a la que podemos acudir, ésta del santo evangelio, es la de la huida a Egipto. San José, según el mandato divino, se dirige a ese país para proteger al niño Jesús y a su madre y esposa, la Santísima Virgen. Podemos imaginar la precariedad que habrá significado para la Sagrada Familia su viaje apresurado, su residencia en una tierra extraña, las dificultades para la subsistencia. En todo, sin embargo, en la sencillez de la narración evangélica, resplandece la confianza inquebrantable de María y de José en los designios de Dios que conduce los acontecimientos con sabia providencia.

El tiempo de post-pandemia será todo un desafío para toda la sociedad y para cada uno de nosotros. De uno u otro modo experimentaremos también la precariedad y la relativa incertidumbre. Como María y José deberemos apoyarnos con inquebrantable confianza en la sabiduría y bondad de Dios que conduce la historia aquí, en nuestra Patria, y en todo el mundo.

Otro acontecimiento que da un matiz particular a nuestra celebración es la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la creación de nuestra diócesis, el 14 de mayo de 1570, por parte del Papa San Pío V.

Habíamos imaginado preparar la celebración de este acontecimiento con una pequeña misión popular en algunos barrios de nuestra ciudad con la participación de todos los obispos de la Provincia de Córdoba. La pandemia del coronavirus, el aislamiento preventivo, primero, y el distanciamiento social, ahora vigente, nos impidió concretarla. Frente a estas circunstancias comprendimos que la actitud que cabe y que debemos privilegiar es la de la prudencia y la del cuidado responsable de la propia vida y la de nuestros semejantes. Cuidarnos para cuidar.

En el itinerario pastoral de nuestra Arquidiócesis estamos transitando lo que hemos denominado el “momento misionero”. Providencialmente tiene lugar luego de haber realizado el XI° Sínodo Arquidiocesano que nos invitó a ser una Iglesia que procura vivir la sinodalidad; estar “en salida”; para llevar el primer anuncio del evangelio a todos, especialmente a los más frágiles y sufrientes; y de ese modo, tender decididamente a la santidad, a la cual estamos todos llamados desde nuestro bautismo.

El evangelio que hemos proclamado en esta celebración nos recuerda el precioso episodio de la Visitación de María a su pariente Isabel. Es una invitación a que también nosotros, en este momento y en las presentes circunstancias hagamos como la Santísima Virgen, es decir, que procuremos salir, visitar a nuestros familiares, amigos y vecinos.

La pandemia y sus consecuencias ha agudizado en muchos el ingenio para imaginar nuevas formas de cercanía y de contacto, que ciertamente no reemplazan lo presencial, pero que dan pistas para que cuando haya pasado este flagelo nos animemos a recorrer caminos nuevos y complementarios de los presenciales, experimentando así nuevos modos de encuentro.

La cercanía, el contacto, la visita a los demás no tendrá que ser algo sólo circunstancial, algo esporádico. Al contrario, además de acercarnos, de algún modo deberemos “quedarnos”, “estar” con ellos, a ejemplo de María Santísima que fue no sólo “para cumplir” con Isabel, sino que se quedó con ella por tres meses, ayudándola en las tareas de su maternidad.

Acercarse, visitar, estar para acompañar, para escuchar, para consolar, para ayudar a sanar las heridas de este tiempo tan difícil. En definitiva, para hacer realidad las actitudes y obras del buen samaritano que se conmovió, se compadeció, se acercó y socorrió al herido, haciéndose cargo de cuidarlo, e involucrando a otros en ese cuidado y curación.

Durante la pandemia en nuestra Iglesia local se ha procurado trabajar juntos, sinodalmente, en el seno de nuestra comunidad, y solidariamente con otros integrantes de nuestra sociedad, de diferentes tradiciones religiosas y con personas de buena voluntad y sensible generosidad. Todo un signo para nuestra Patria, atravesada muchas veces por desencuentros y enfrentamientos; en el fondo, siempre estériles. Se trata de algo que deberemos afianzar y profundizar para el bien de todos.

Como María Santísima llevó a casa de Zacarías la buena noticia de la presencia del Mesías que ya estaba en su seno y que fue causa de bendición y de alegría para todos, así nosotros en nuestra visita y en nuestro estar con los demás tenemos también que llevar el precioso anuncio del amor misericordioso de Dios, manifestado en Jesús. Buena noticia para todos, pero especialmente para el que sufre.

También aquí estamos desafiados a ser creativos, a imaginar nuevos caminos y modos para el testimonio y el anuncio. La Palabra nos orienta y nos desafía: “el que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias”, se nos dice con insistencia en el libro del Apocalipsis (Apoc 2, 7). “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?”, dice Dios por boca del profeta Isaías (Is. 43, 18-19).

A través de todas estas actitudes, de estos gestos, estamos llamados, más aún, invitados insistentemente a tender a la santidad que es plenitud de vida verdadera, como la que viven María e Isabel y nos insinúan en la escena que estamos contemplando, escena de gozo hondo e íntimo.

Es la santidad a la que tendió siguiendo el impulso, la guía y la atracción del Espíritu Santo san José Gabriel Brochero, en medio desencuentros dolorosos, después de una tremenda epidemia de colera y en una región de nuestra Provincia olvidada y excluida.

Una santidad que promovió una vida más humana y más digna para todos. El ejemplo de san José Gabriel nos deja sugerido, más aún, propuesto, un camino para nuestra Patria argentina: desde el encuentro y la colaboración de todos se puede construir algo verdaderamente valioso; no así desde el resentimiento y el rencor alimentado por discursos que promueven el desencuentro y aun el enfrentamiento entre los conciudadanos, llamados a la amistad social.

Es la santidad a la que tendieron la Madre Tránsito Cabanillas y la Madre Catalina de María Rodríguez, buscando el servicio, la educación y la promoción de las mujeres pobres y excluidas.

Es la santidad del Beato Enrique Angelelli y de sus compañeros mártires, sirviendo y defendiendo con espíritu evangélico a sus hermanos más pobres y casi desvalidos, en circunstancias desfavorables y difíciles en nuestra Patria, surcada por trágicos desencuentros.

Es la santidad de Fray Mamerto Esquiú, religioso observante y pastor diligente, preocupado por el bien de la Patria, llamando insistentemente a proceder siempre con la verdad y  observando las leyes, sobre todo la ley fundamental: la Constitución Nacional. Una observancia que interpela y obliga a todos, desde el Presidente hasta el último ciudadano, pasando por los legisladores, jueces y funcionarios del Estado.

Es la santidad que buscaron los Venerables Fray José León Torres, que apostó por la educación como fuerza liberadora y promotora de igualdad de oportunidades; y Sor Leonor de Santa María que, desde el silencio del convento de las Catalinas, sostenía con su oración a los santos que conocemos y a “los de la puerta de al lado”, conocidos sólo por Dios.

Aquí podríamos también retomar lo que señalábamos anteriormente: “El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a la Iglesia”: Él, el Espíritu, nos dice: sean santos, como es Santo el que los llama a participar de la plenitud de su vida. Tendamos decididamente a esa meta.

Pidamos a María Santísima que nos alcance la gracia de la “grandeza de alma”, de la magnanimidad, para animarnos a buscar esa meta que plenifica nuestra vida y que hará bien a nuestra Patria porque, como decíamos en otra oportunidad: “Hoy la Patria requiere algo inédito” (CEA, 81ª. Asamblea Plenaria, 12 de mayo de 2001). ¡Que así sea!

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba